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      Jorge Fernández Díaz: descifrando a Bernardo Neustadt, el periodista maldito

      En una versión actualizada, el escritor vuelve con un libro en el que examina al personaje que combinó popularidad y rechazos.  

      Jorge Fernández Díaz: descifrando a Bernardo Neustadt, el periodista malditoCon Menem. En sintonía total, Neustadt convocó a llenar la Plaza de Mayo en su respaldo, en 1991: la denominada "plaza del sí".

      Entre los 6 y los 13 años creció como pupilo internado en colegios católicos. A su madre -que murió cuando él tenía 13- la llamaba “señora”... Las pocas veces que la veía. Enseguida, pudo irse a vivir con su padre, el hombre que poco tiempo después lo expulsaría de la casa que de todos modos le resultaba ajena. No quería que el adolescente Bernardo Neustadt empezara a vincularse con el oficio que le interesaba, el periodismo. Esa polémica figura que décadas después patentaría en radio y televisión el latiguillo “no me deje solo”, ¿se escapaba del abandono con una fuga hacia adelante? 

      “Al leer este libro, Magdalena Ruiz Guiñazú me dijo que muestra a un personaje con una ambición sin límites... Pero también creo que tenía un hueco en el pecho que trataba de llenar”, dice Jorge Fernández Díaz, que acaba de reeditar su investigación de 1993 sobre Neustadt, El hombre que se inventó a sí mismo (Planeta). En ella reconstruye la historia de quien se volvió periodista maldito, pero también de sus sentimientos y, en particular, del poder en la Argentina. Desfilan gobiernos, militares y democráticos, presidentes que lo consultaban y otros que lo aborrecían, y un apellido que alguna vez fue una marca: Neustadt, el que garantizaba picos de 30 puntos de rating en la TV.  

      Fernández Díaz. Señala que su investigación repasa décadas de historia argentina en la que se involucran políticos, empresarios y periodistas. / David Fernández.Fernández Díaz. Señala que su investigación repasa décadas de historia argentina en la que se involucran políticos, empresarios y periodistas. / David Fernández.

      El mismo hombre que se construyó desde el micrófono, influyó en la sociedad y llegó a ser una figura pública que podía, al mismo tiempo, aparecer en las revistas del corazón y sentirse parte de la elite. Un periodista que poco antes de despedirse, en junio de 2007, navegaba en la angustia. Por el descrédito. Otra vez la soledad. “Murió rico, pero siempre en la perplejidad de por qué era tan odiado entre sus colegas”, dice Fernández Díaz. Y resalta: había sido generoso para impulsar a muchos que “a veces fueron injustos con él”, e incluso protegió a más de uno en tiempos de regímenes de facto. 


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      Este libro, ahora revisado y completado, fue censurado en 1993. “Bernardo era el hombre más poderoso de la Argentina, o al menos el segundo hombre más poderoso después de Menem... Llamó por teléfono a todos, a grandes periodistas, y les pidió que por favor no le dieran bola a ese pendejo de 33 años que había hecho un texto que lo degradaba -recuerda el autor-. Todo el mundo quería llevarse más o menos bien con él y el libro se silenció... Hoy, tras revisarlo, pienso que es una una novela sin ficción.”

      -¿Por qué reeditar un libro sobre Neustadt 25 años después? ¿Habla de él o también de la relación del periodismo con la política? 

      -Hoy más que nunca es un libro de historia política. Es el rescate de todo un tiempo perdido. Estamos hablando de un tipo que, cuando yo lo miraba en la tele, lo miraba para odiarlo, pero que fue algo más que un periodista. Fue un ideólogo y un operador político. Muy entroncado con la historia. Creo que los historiadores del futuro no van a poder eludir el rol que cumplió en algunos casos. Por ejemplo, ser con sus críticas el verdugo más grande que tuvo Raúl Alfonsín. Ser el ideólogo de Carlos Menem, el hombre que le daba contenido. Es el que le crea el primer Gabinete acercando nombres de muchos de los “abonados” a sus programas. 

      En 1988, con Mariano Grondona, Carlos Ruckauf, Jesús Rodríguez y Alvaro Alsogaray. / ArchivoEn 1988, con Mariano Grondona, Carlos Ruckauf, Jesús Rodríguez y Alvaro Alsogaray. / Archivo

      La investigación de Fernández Díaz no ahorra críticas, pero al mismo tiempo resalta sus dotes de comunicador excepcional. Cómo transformó Tiempo Nuevo, su ciclo en televisión, en un show político, mediante un lenguaje novedoso para la época, una suerte de antesala de la telepolítica. Cómo traducía en esloganes comprensibles y populares ideas complejas, una virtud creativa. Casi siempre, muy cerca del liberalismo. Esta novela sin ficción, con numerosos diálogos y anécdotas, recupera algunas escenas: cómo bregando por la privatización de Entel –la vieja compañía telefónica estatal– Neustadt comenzó un programa con un teléfono desarmado. Lo revisó cuidadosamente en cámara y luego se preguntó: “¿Dónde está la soberanía que no la encuentro?”. El golpe de efecto, asegurado. 

      Neustadt se inventó como empresario de sí mismo -en la época previa al “emprendedorismo”-, fundó su propia productora de contenidos y nunca dejó de tejer vínculos, que a muchos escandalizaron. Antes de todo eso, había trabajado en el Consejo Superior Peronista, algo que no le gustaba recordar. 

      En su momento, Bernardo era el hombre más poderoso de la Argentina, o al menos el segundo hombre más poderoso después de Menem...”

      “Cuando cae Perón en el 55, él dice: ‘Yo no me puedo casar más con nadie, porque ¿quién es el único poder permanente? El empresariado, el establishment’. Y muchos años después, ese establishment me decía a mí, en el 93: la verdad que Bernardo fue lo que fuimos nosotros, oficialistas; frondizistas cuando eramos frondizistas; apoyó a Onganía cuando creímos en Onganía; él fue nuestra voz en esos momentos”. 

      Deporte y espectáculo. Bernardo Neustadt con Ringo Bonavena, Eduardo Vergara Leumann y Raúl Lavié, disfrazados de Reyes Magos, en 1975 / ArchivoDeporte y espectáculo. Bernardo Neustadt con Ringo Bonavena, Eduardo Vergara Leumann y Raúl Lavié, disfrazados de Reyes Magos, en 1975 / Archivo

      -¿Cuáles fueron sus mayores pecados? 

      -Hay algo que nunca debió haber hecho, haber sido un operador. Es decir, haber confundido tener una posición tomada, que me parece lógico que haya pluralidad de voces fuertes, con operar. Operar dentro de los gobiernos. Eso lo llevó a más y a más y a equivocarse. De todos modos, no lo destruyó su cercanía con Menem, que sí lo dañó. El tuvo un momento mucho peor en el 83 porque su acercamiento a los militares hacía que no pudiera caminar por la calle, lo chiflaban, le decían cualquier cosa y subsistió. Poco después se reinventó con mucha potencia. Lo que pasa es que el final de Menem lo agarra grande. Y ahí está lo que pasa con muchos comunicadores que se desconectan. Un día te desconectás, te ponés viejo. 

      Neustadt con el entonces brigadier Orlando Agosti, miembro de la junta militar que gobernaba de facto el país, en 1978Neustadt con el entonces brigadier Orlando Agosti, miembro de la junta militar que gobernaba de facto el país, en 1978

      -En el libro se lee que no ahorraba mensajes duros en su programa, tanto para políticos como para periodistas, ¿usaba los 30 puntos de rating con poco pudor? 

      -¿Vos sabés lo que era tener 30 puntos de rating? Era un poder descomunal. Un tipo que instalaba conversaciones, creaba la agenda, hacía campañas... A él le debemos en gran parte lo que hizo Menem con los ferrocarriles. Menem para él significó algo muy grande porque unía el peronista que Neustadt había sido, el frondizismo al que se había acercado y el neoliberal de las elites: todo eso en una sola persona que lo escuchaba... Él llegó a instalar un sentido común. 


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      -¿Ese poder sigue existiendo hoy? 

      -Con menos potencia, porque hoy el sentido común está más fragmentado, hay opiniones más diversas, no es tan sencillo que un tipo pueda “instalar”. Por supuesto que hay influencers en toda las sociedades. Y se discute: todos estamos en discusiones políticas y culturales sobre visiones de la historia, pero hay más diversidad. En ese momento, casi no había cable, ni redes sociales, pocos canales. 

      -Otra manera de ver su trabajo es la relación con las audiencias. Tuvo picos de rating por años y después... 

      -Eso pasó muchas veces. Es el peligro de un embanderamiento muy grande con un partido, no con una idea. Las ideas suben y bajan... Yo soy un defensor del “país normal”, una democracia republicana. Hoy conecta con un montón de gente, no con toda la gente -ojalá fuera así-, pero por ahí esa idea pasa a ser mala y no me dan más atención. Pero en el caso de Bernardo fue ‘yo me caso con esto, lo defiendo', entonces es como el capitán Ahab de Moby-Dick atado a la ballena, la ballena te lleva al fondo con ella... El había descubierto que había que apoyar a los gobiernos a los inicios y castigarlos en los finales. Su obsesión fue cómo sobrevivir, creando su propia empresa, atándose al establishment, apoyando en los entusiasmos y pegando después. Fue reflejo, en distintos momentos, del pensamiento argentino. Más adelante, efectivamente, los argentinos no quisieron verse más en ese espejo. 

      Fernández Díaz. Básico. 

      Buenos Aires, 1960.

      Desde hace más de 35 años trabaja en redacciones periodísticas y estuvo al frente de varias de ellas. Actualmente es articulista político y fue incorporado como miembro a la Academia Argentina de Letras.

      Publicó más de diez libros, entre ellas las exitosas novelas Mamá (2002), El puñal (2014) y La herida (2017).  


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      Ezequiel Viéitez
      Ezequiel Viéitez

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