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      Dejar todo por una buena crónica: Ignacio Ezcurra y la historia local del género

      Con pinturas, fotografías y textos, el Museo Pueyrredón estudia el oficio de viajar para contar, desde el siglo XVIII hasta Vietnam.            

      Dejar todo por una buena crónica: Ignacio Ezcurra y la historia local del géneroImagen tomada por Ezcurra en el enfrentamiento en el que perdería la vida.

      Ignacio Ezcurra fue un hombre de su época. Los años 60 lo convirtieron en héroe y, finalmente, en mártir. Como el Che Guevara, a quien conoció en su infancia: vivió un tiempo frente a su casa, en Alta Gracia, Córdoba. Varias veces, en su juventud, se aventuró por la América Grande, en motocicleta recorrió Brasil y, tiempo después, atravesó “a dedo” junto a dos amigos Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, México y Estados Unidos.  

      En la ciudad de Nuevo York conoció a Inés Lynch, una rubia que se convirtió en su compañera y fue madre de sus dos hijos, contra la fuerte resistencia del padre, un hombre más bien conservador que exigía traje para sentarse a la mesa y no quería un trotamundos en la familia. Esa misma tozudez lo conduciría a Vietnam algunos años más tarde. Y allí moriría.

      El Museo Pueyrredón, de San Isidro, homenajea con la muestra Viajeros en el tiempo. Ignacio Ezcurra y la tradición de la crónica a este "periodista absoluto", como lo definió Manuel Mujica Láinez. La exposición, curada por Eleonora Jaureguiberry -subsecretaria de Cultura de la Municipalidad de San Isidro-, Cecilia Lebrero y Patricio López Méndez, abre este sábado a las 14.

      En sala. Dibujos que evocan las primeras formas de contar. / Maxi Failla.En sala. Dibujos que evocan las primeras formas de contar. / Maxi Failla.

      A pesar de que su madre era socia accionista del diario La Nación -eran descendientes de Bartolomé Mitre, su fundador- y de que Ignacio ya había tenido algún roce con el periodismo a través de colaboraciones en revistas -y antes, por sus estudios en la Universidad de Columbia, donde había entrado en contacto con los cronistas pioneros del nuevo periodismo y la "non fiction"- comenzó por la sección de avisos clasificados de ese diario, donde trabajó por cuatro años. 

      Niño bien en Harlem

      Ya en la redacción, realizó una cobertura de los conflictos raciales en Estados Unidos en 1964 que lo pondría en la cumbre de la crónica periodística. El niño bien de San Isidro se metió en el Harlem y en los guetos de Washington y de una Detroit en llamas, demostrando que tenía agallas para tomar testimonios de primera mano de la rebelión negra. Luego entrevistó a referentes de ese movimiento, como Martin Luther King, Rap Brown y Malcom X, que le hablaron sobre los problemas domésticos que tenían debido a la segregación racial, pero también sobre cómo ese racismo había sido llevado a una guerra que percibían como absurda.

      Tenía apenas 28 años y menos de una década en el ejercicio del oficio periodístico, cuando su curiosidad de cronista empedernido lo llevó a postularse como enviado especial a la Guerra de Vietnam, para la que probablemente no estuviera preparado –tal vez ningún periodista lo esté del todo--. Sus editores de La Nación accedieron a regañadientes pero él mismo gestionó la visa y los contactos.

      Locura americana

      De allí envió cuatro crónicas acompañadas de fotografías que dejan clara su postura y su compromiso con la verdad, cueste lo que cueste: si bien iba con el convoy norteamericano, se ocupó de narrar con detalle la locura americana, que incluía lluvia de metrallas contra toda sospecha y bombas de Napalm para todo lo que se moviera. En esas crónicas, que se pueden leer en el recientemente reeditado Hasta Vietnam -una compilación de sus artículos realizada por Sara Gallardo en 1970 (El Elefante Blanco)- también narra el miedo de los soldados del ejercito occidental y las luchas intestinas entre las distintas facciones de la sociedad vietnamita. Sus fotografías muestran la degradada vida en Saigón y las muertes de civiles. 

      En 1968, Ezcurra durante la cobertura del conflicto bélico.En 1968, Ezcurra durante la cobertura del conflicto bélico.

      Ezcurra desembarcó en Vietnam cuando los que se ajustaban a la verdad comenzaban a advertir que Estados Unidos estaba perdiendo la guerra. Eso muestran dos de sus crónicas desde la primera línea de combate. El día en que desapareció, después de bajarse de un Jeep en el que viajaba junto a otros dos periodistas norteamericanos, para echar una mirada en una esquina de Saigón, en el temido barrio de Cholón, tenía programada una charla con un alto jerarca estadounidense. Esa pista y el tono desenfadado y de denuncia de sus crónicas pueden conducir a la CIA como responsable del asesinato. Pero el hecho de que, según los testimonios de los colegas, se haya bajado del vehículo solo, sin casco ni uniforme, lo convierte en blanco de cualquier trasnochado por la guerra.

      La cámara Pentax y sus archivos / Maxi FaillaLa cámara Pentax y sus archivos / Maxi Failla

      En el diario no supieron cuál fue su final; la familia tampoco. Pero de esa historia, que podría extenderse, partieron los curadores del Museo para montar esta muestra dedicada a los cronistas que trajeron noticias desde tierras inhóspitas y las llevaron a Europa cuando América era una incógnita para los habitantes del viejo continente. Si bien el foco de interés del museo es el Siglo XIX, la naturaleza expansiva del tema los llevó al XVIII y al XX.


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      De hecho, la joya de la muestra la constituyen sin duda las acuarelas sobre papel de lo que dieron en llamar Un viajero anónimo. Últimos testimonios del período colonial, los dibujos de este artista desconocido, casi inéditos, que recuerdan los de Isol por su trazo sencillo, tienen una gracia inusitada y están acompañados de descripciones riquísimas y certeras.

      Se trata de especies de viñetas explicativas de las escenas que involucran una perspectiva que podría ser la de uno de nuestros contemporáneos. El título de los dibujos sitúa al espectador en, por ejemplo, la comunidad Mocovíes y Matacos del Chaco. Hay escenas de caza y de una pesca a caballo que practicaban algunas de las distintas comunidades originarias de nuestro país. También se describen costumbres y modos de vestir de las comunidades y sus caciques; la manera que tenían de atrapar los caballos con boleadoras o cazar jaguares con lanzas. Su valor es por tanto artístico como documental.

      Acuarela sobre papel del período colonial. / Maxi FaillaAcuarela sobre papel del período colonial. / Maxi Failla

      En la misma clave del álbum de estampas, un tipo de registro habitual en el siglo XVIII, encontramos las acuarelas del cronista de guerra, pintor y viajero de origen suizo Adolphe Methfessel, quién documentó la cruenta Guerra del Paraguay a través de sus paisajes, campamentos y batallas. Methfessel se embarcó hacia estas tierras en 1868 y participó en distintas expediciones científicas a lo largo de tres décadas.

      En el marco de la muestra el Museo programó, además, un taller de crónica a cargo de Cristian Alarcón. Y una lectura colectiva vía Twitter de El Facundo, de Domingo F. Sarmiento, el gran cronista del siglo XIX, cuya obra, por otra parte, abona la hipótesis de los curadores respecto de que el siglo XIX fue cualquier cosa menos aburrido. Como dice Eleonora Jaureguiberry: “Facundo es biografía, ensayo sociológico, crónica periodística, panfleto político, proyecto personal, historia, novela. Es proponerse un país desde la palabra. Un libro que nos remite a un archipiélago que a mitad del siglo XIX no tiene aún constitución, moneda, territorio ni población definidos”. La lectura vía Twitter comenzará el 15 de octubre y se extenderá hasta el final de la muestra, que se podrá visitar hasta el 9 de diciembre. 

      Ficha

      Viajeros en el tiempo. Ignacio Ezcurra y la tradición de la crónica. 

      Museo Pueyrredon. Rivera Indarte 48, Acassuso.

      Inaugura hoy a las 14. Martes a jueves, de 10 a 18. Sábados y domingos, de 14 a 18.


      Sobre la firma

      Agustín Scarpelli

      ascarpelli@clarin.com

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