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      John Cheever: Melancólico y derrotista como un argentino

      Su nombre invade las librerías. El escritor Rodrigo Fresán explica por qué se convirtió en "un apóstol de lo suyo".

      John Cheever: Melancólico y derrotista como un argentinoJohn Cheever. "Un épico de la derrota", dice Fresán.

      Fallecido en New York en 1982, en ese lejano siglo XX, el gran escritor norteamericano John Cheever, un dios absoluto de los suburbios, parece estar más vivo que nunca y goza de una salud inquebrantable que derrumba el paso de los almanaques. ¿Por qué?

      En los últimos meses, casi dos mil páginas que llevan su firma invadieron las mesas de novedades de las librerías argentinas y su nombre se reproduce en la boca de los lectores entrenados. La editorial Penguin Random House puso al alcance del público ediciones cuidadas de la canónica antología de sus Cuentos (878 páginas), de sus Cartas (429 páginas) y de sus extraordinarios y reveladores Diarios (492 páginas). Cada uno de estos libros funciona como distintas zonas de un territorio narrativo inmenso a descubrir y que es justo decir que tiene el tamaño de un planeta en expansión.


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      Pero eso no es todo, más bien todo lo contrario. Este mes, casi como una pieza necesaria para poder armar la cosmogonía definitiva de Cheever, la editorial independiente Ediciones Godot acaba de poner en circulación una perla fantástica: Fall river. Trece cuentos de John Cheever no reunidos, un conjunto de relatos muy valiosos de sus primeras épocas y que dialogan y se complementan muy bien con los textos anteriores. Hay que ser claros: estamos en presencia de un gigante universal de las letras de todos los tiempos.

      Pero ¿cómo empieza este romance entre un narrador que se infiltró en la clase media de su tiempo para desnudarla –quizás destruirla- y un país del fin del mundo? Tal vez, quien introdujo y presentó en la Argentina a Cheever -en ese entonces, un total desconocido- haya sido el escritor Rodrigo Fresán, actualmente residente en Madrid. Él es el responsable de La geometría del amor, la primera antología de cuentos del autor que circuló por estas tierras y que todavía se puede conseguir en algunas librerías de saldo de Capital Federal.


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      Cuenta Fresán: “La idea fue del escritor Eduardo Hojman, quien -por entonces- trabajaba como editor en Emecé. Él fue quien sabía de mi pasión por el escritor y convirtió a un fan de Cheever privado en un fan de Cheever público. Me consta que son muchos los que descubrieron a Cheever a través de La geometría del amor y el haber sido una especie de apóstol de lo suyo es algo que me enorgullece y, supongo, me redime en más de un sentido. Después, ya en Barcelona, la editora Valerie Miles decidió rescatarlo y prologué todos sus libros y anoté sus Diarios. El proceso ha continuado junto a Claudio López de Lamadrid en Penguin Random House y María Casas en De Bolsillo, actualizando prólogos y demás.”

      Si bien en este presente hablamos de un clásico indiscutido, con novelas como Falconer, Bullet Park, ¡Oh, esto parece el paraíso!, entre otras, John Cheever fue un escritor que, durante mucho tiempo, quedó relegado, bajo la mirada condenatoria de los críticos y de la academia, detrás de algunos tótems de la literatura norteamericana.

      Cheever en su casa de New York, en 1979.Cheever en su casa de New York, en 1979.

      Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Norman Mailer, Saul Bellow, J. D. Salinger, John Updike, Kurt Vonnegut, eran algunos de los nombres que surgían en primera instancia cuando se hacía referencia a un Olimpo masculino literario donde a Cheever se le negaba la entrada por ser considerado un escritor menor que solo publicaba en revistas como The New Yorker, Esquire, Playboy, The Atlantic, entre otras. A pesar de haber escrito piezas indestructibles como El nadador, Adiós, hermano mío, El ladrón de Shady Jill, El marido rural y La joya de los Cabot, por nombrar una porción molecular de un caudal fabuloso de maravillas literarias, a Cheever le llevó mucho más tiempo que a cualquier otro escritor encontrar su espacio de honor y ser correspondido con la altura de sus obras.

      La edición consagratoria de sus Cuentos reunidos, la misma que llega hasta nosotros, lo puso en su sitio vital de la literatura del silgo XX. Hoy, su flujo creativo sigue generando un ardor indeleble y su espíritu está activo en las zonas más inesperadas. Especifica Fresán: “Se detecta la clara influencia de Cheever en los libros de John Updike, Lee K. Abbott, Jeffrey Eugenides, Rick Moody, A. M. Homes, Charles Baxter, la película Magnolia de Paul Thomas Anderson, Donnie Darko de Richard Kelly y las series Twin Peaks y Mad Men.” Eso, sin contar el capítulo The Cheever Letters de la comedia Seinfeld. Lo que nos lleva, directamente, a sus Cartas y sus Diarios.

      La aparición póstuma de estos dos libros puso en relevancia la interioridad compleja de un escritor que siempre supo detectar la mugre que la clase media escondía debajo de la alfombra. De pronto, se pudo comprender que John Cheever era, también, como uno de sus personajes. En lucha constante contra un alcoholismo crónico, la perturbación que le causaba su bisexualidad reprimida, la búsqueda constante del dinero para llegar a fin de mes y las guerras frías dentro del ambiente literario de su época, fueron acontecimientos que pusieron a Cheever contra las cuerdas en más de una ocasión. Es en este sentido que son elementos necesarios para comprender el territorio que este autor supo construir, edificar, sostener.


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      ¿Qué relación guarda todo esto con la literatura argentina? Opina Fresán: “Supongo que sí: que existen varios puentes y vinculaciones ahí. Me parece que es la misma relación que hay con todo gran cuentista norteamericano (y yo creo que Cheever es el mejor de todos). El cuento es, en Argentina, el género rey. Y considero que los argentinos siempre sabrán honrar a monarcas extranjeros pero cercanos como Francis Scott Fitzgerald o Richard Yates o J. D. Salinger o Denis Johnson. También, pienso, que es un gran eufórico de la melancolía, un epifánico de la oscuridad, un épico de la derrota. Y eso es muy argentino”.



      Sobre la firma

      Walter Lezcano

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