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      Duchamp en Buenos Aires: homenajes a un siglo de su visita

      El gran artista francés vivió nueve meses en el centro porteño. Arte, cine y conferencias evocan su obra.  

      Duchamp en Buenos Aires:  homenajes a un siglo de su visitaPasión. Se dedicó a estudiar ajedrez y las partidas de José Capablanca; practicaba todas las noches.

      ¿Qué vino a hacer el francés Marcel Duchamp (1887-1968) a Buenos Aires en 1918? Puede parecer poco creíble pero, a exactos cien años de su única visita al país, nadie lo sabe con certeza. Considerado el padre del arte conceptual y el artista más influyente del siglo XX, Duchamp subió en Nueva York al Crofton Hall junto a su compañera, Yvonne Chastell. Luego de una travesía de 27 días desembarcó en suelo porteño. Padecieron un camarote mal ventilado en que solo podían fumar de noche, y que sin embargo quedaría en el recuerdo del artista como el cubículo en el que transcurrió un “viaje delicioso”. 

      Este miércoles comienza en Buenos Aires un ciclo de homenajes al artista. Organizado por la Universidad de Tres de Febrero (Untref) y Bienalsur, tendrá su clímax el viernes 12 (ver aparte).  

      El enigmático capítulo argentino se iniciaba el 9 de septiembre del 18 y según anota Calvin Tomas en su biografía sobre el creador francés, la motivación más íntima “no se ha aclarado nunca”. Un puñado de cartas enviadas a amigos íntimos acaso tengan algunas claves. Como aquella en que el artista explica: “Llegué hace cinco días, y en general, contento: no sé nada, no conozco a nadie, no hablo una palabra de español, me divierto igual”. Años más tarde, en relación a otro viaje a Múnich, de 1912, arrojaría una pista y una íntima convicción: “El artista debe estar solo, como en un naufragio.”

      Festival. El año pasado, en Alsina 1743, tras la restauración del edificio en que vivió. / Silvana Boemo.Festival. El año pasado, en Alsina 1743, tras la restauración del edificio en que vivió. / Silvana Boemo.

      Se sabe, eso sí, que las restricciones opresivas de la guerra lo agobiaban: en 1915, ante la inminencia del reclutamiento de soldados para la Primera Guerra Mundial, Duchamp se había mudado de París a Nueva York, donde prosiguió su activismo dadaísta y se convirtió en el centro de la bohemia de vanguardia. 

      También ofició de asesor de los coleccionistas de la ciudad más cosmopolita del mundo, muchos de ellos hombres de negocios. Pero la agudización del conflicto bélico y la intervención estadounidense en la guerra terminaron impactando nuevamente en su sensibilidad: decidió encarar otra aventura, con el fin del mundo como destino incierto.  

      Eran tiempos de revoluciones creativas en Europa: Picasso y Braque, el futurismo, la poesía de Apollinaire y el arte abstracto de Vasily Kandinsky, Robert Delaunay y Piet Mondrian ampliaban las nociones al arte moderno. Siempre por fuera de los márgenes –conceptuales y geográficos- Duchamp elegiría, empero, un camino personalísimo, elevando el objeto cotidiano a la categoría de arte. Fuera de su entorno natural y exhibidas con provocación deliberada –se burlaba del aura de superioridad de la que se jactaban los artistas consagrados-, sus obras exigían al espectador un ejercicio mental, más allá de la mera observación.     


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      El trabajo que lo define es su famoso mingitorio modelo Berdfordshire al que estampó el seudónimo R. Mutt. O aquella obra en que fijó la rueda de una bicicleta sobre un taburete de cocina para hacerla girar: los objetos transformados en ‘reliquias’ por el mero hecho de que el artista los elija y los resignifique. La transgresión inauguraba con él nuevas posibilidades para el debate y la reflexión.  

      Su estadía argentina de nueve meses se extendió hasta 1919, aunque el artista pensaba quedarse varios años. Ocupó un departamento en la calle Alsina 1743, que compartió con su pareja y donde tuvo como vecino de edificio al compositor de tangos Francisco Canaro. En Sarmiento al 1500 montó un espacio de trabajo. 

      Para entonces, ya participaba activamente de las vanguardias que revolucionarían el arte durante principios del siglo XX y crecía su influencia. Pero aquí produjo poco.  

      Ruptura. “La fuente” (1917), el mingitorio con el que revolucionó la manera de crear.Ruptura. “La fuente” (1917), el mingitorio con el que revolucionó la manera de crear.

      Descreído del interés que el arte moderno podía despertar en Buenos Aires, había pensado originalmente en dar clases de francés. Pero terminó tentándose con una exposición cubista en Buenos Aires, justamente, para traer a los porteños la escena del arte mundial. Para eso, pidió ayuda a su amigo Henri-Martin Barzun, de París, que le debía enviar 30 cuadros cubistas, poemas de Mallarmé y revistas de vanguardia, pero el proyecto no prosperó.  

      Mientras su compañera sufría en las calles porteñas embates de machismo, Duchamp escribiría en una carta que la gente “es poco curiosa y arrogante”. En un giro inesperado, cambió de plan: dejó el trabajo de lado, compró unas revistas de ajedrez, una de sus pasiones, y se concentró en el estudio de las partidas de José Raúl Capablanca, hasta que en 1919 se anotó en un club de entendidos y empezó a jugar por correspondencia con su amigo y mecenas, el coleccionista Walter Arensberg.   

      Dicen que jugaba en exceso, coqueteando con ese límite fronterizo en que el placer y la obsesión pueden devenir en locura. Quizás pueda pensarse que en el terreno del arte hizo algo parecido: exploró sus posibilidades hasta conquistar sentidos inesperados. Exaltó el valor de lo coyuntural, lo fugaz y lo contemporáneo, validando la creación como el fruto de un ejercicio de la voluntad. Se atrevió a ensanchar sus propios límites hasta convertir la audacia y la provocación en signos de un lenguaje singular.   

      Actividades gratuitas

      Este miércoles

      • A las 18.30, proyección de la película Todo lo que veo es mío, con los directores Román Podolsky y Mariano Galperín. Alsina 1835, Espacio Cultural de la Biblioteca del Congreso de la Nación.

      Miércoles 10

      • Desde las 18, charla “La gestión cultural como herramienta de recualificación urbana. Experiencia mínima”, a cargo de la arquitecta Silvia Fajre. A las 18.30, proyección de Todo lo que veo es mío. Alsina 1835.

      Viernes 12

      • A partir de las 14, partidas simultáneas de ajedrez, ajedrez gigante y juegos. Alsina 1745.
      • Desde las 16, recorrido guiado. De la Plaza del Congreso a Alsina 1743.
      • A las 17.15, charla “Patear el tablero: las reglas del arte después de Duchamp”, a cargo de Soledad Sobrino e Ignacio Zenteno. Alsina 1786.
      • Se inauguran, a las 18, un mural del artista francés François Abélanet y la instalación lumínica de las creadoras Mariela Yeregui y Gabriela Golder. También se presenta la obra gráfica de Fernando García Delgado. Alsina 1745. 
      • Desde las 18.30, música, clases de tango y milonga en honor al ilustre vecino Francisco Canaro. Alsina 1745.

      Sobre la firma

      Verónica Abdala
      Verónica Abdala

      vabdala@agea.com.ar

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